Ramiro Agulla y Carlos Baccetti ya se habían independizado. Alquilaron una casona y querían -necesitaban- impresionar a un candidato a cliente, una de esas cuentas que, si no pagaban todas las facturas, al menos, servían para chapear, como imán para atraer a otras marcas.Lo que menos tenía la casa era glamour. Al contrario. Vieja, desvencijada, con rincones a los que, como mínimo, les faltab